Ecoturismo


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Ecologica - Las Selvas Tropicales

Ganadería y reforestación en el trópico mexicano
Daniel Villafuerte y Ma. del Carmen García

La ganaderización en las selvas tropicales es la conjugación de varios factores, entre los que se encuentran las políticas de desarrollo que hicieron de las regiones tropicales un espacio de colonización para liberar áreas sobrepobladas del centro del país y un territorio cuya riqueza natural era propicia para expandir la frontera agropecuaria nacional y resolver los problemas de reparto agrario. También es fruto de los cambios que ha experimentado la división internacional del trabajo, y cuyo éxito ha sido garantizado por múltiples proyectos gubernamentales de "desarrollo" nacional y regional. La ganaderización en el trópico mexicano ha llevado a la reducción de vastas áreas de selvas y bosques.

Hasta los años sesenta, la expansión de la frontera ganadera tuvo lugar en la propiedad privada. De los setenta a la fecha, se ha venido dando fundamentalmente en áreas ejidales. En 1940 la ganadería ocupaba en el trópico una superficie de 3.6 millones de ha; en 1970 casi logra duplicar su extensión, con 6.8 millones. Al iniciar los años ochenta en sólo tres entidades se contabilizan 7.3 millones de ha de pastos: Veracruz con 46% de su territorio; Tabasco, un 61%; y en Chiapas, el 34%.

En el sector ejidal se observa que en casi dos décadas, la superficie de pastos pasó de 2.1 a 5.5 millones de ha. Tan enorme incremento estuvo sustentado por el crecimiento de la frontera ganadera en Quintana Roo, Yucatán y Campeche, que en conjunto pasaron de 400,000 ha en 1970 a casi 3 millones en 1988.

La expansión de la ganadería en las áreas tropicales se sustentó en la legislación agraria. En efecto, las concesiones ganaderas otorgadas por el gobierno federal, la demarcación jurídica de la pequeña propiedad, los certificados de inafectabilidad ganadera y agropecuaria, hicieron posible el desarrollo ganadero. Aún con esta cobertura jurídica, no fue posible la modernización productiva del sector, ante los argumentos reiterativos de afectación agraria y riesgo de invasión de tierras.

Al amparo de estas determinantes, la ganaderización de las tierras tropicales trasciende el marco de una simple reestructuración del uso territorial. Si bien en sus inicios la integración de las áreas tropicales a la economía global estuvo exclusivamente determinada por una racionalidad económica, ajena y ligada a centros de decisión externos a las regiones del trópico, ahora la sociedad regional ha interiorizado, asimilado y recreado estos patrones de valoración económica con implicaciones en las formas de la organización social y técnica del trabajo.

Actualmente, el sector ganadero nacional enfrenta una crisis de gran envergadura, que tenderá a profundizarse con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y que se manifiesta por el desmantelamiento de la industria engordadora, el incremento de las ventas de ganado en pie y en consecuencia, el reforzamiento de la ganadería extensiva, el aumento de la descapitalización, y el incremento de la importación de carnes frescas o congeladas.

Entre 1988 y 1991 el valor de las importaciones de carnes frescas o refrigeradas pasó de casi 273 millones de dólares a más de 609 millones. A esto habría que sumar el valor de las importaciones de ganado bovino que para 1991 se acercaron a los 183 millones de dólares. En 1992 las importaciones de carnes sumaron 663 millones de dólares y en 1994 ascendieron a 773. Se estima que actualmente el 30% del consumo nacional de carne proviene de las importaciones de Estados Unidos. Frente a este escenario, es altamente probable el reforzamiento de los sistemas extensivos de producción ganadera, los cuales ejercerán presión sobre selvas y bosques, particularmente en el sector ejidal. Este reforzamiento se basa, por un lado, en algunas evidencias empíricas en regiones como la Selva Lacandona y la zona de Totonacapan. Por otro , la ganadería, dado su carácter extractivo, constituye una alternativa para el sector ejidal y pequeños productores frente a la crisis que experimenta la agricultura.

Si bien la crisis ganadera puede contener el proceso de desforestación, no significa que los bosques y selvas se preserven. Por el contrario, puede constituir un alto riesgo de no tomarse las medidas adecuadas, en términos de alternativas productivas capaces de generar ingresos para una población rural en crecimiento. La frontera ganadera avanzó sobre las áreas ejidales considerablemente durante los setenta y los ochenta. En efecto, en 1988 el 39% de la superficie ejidal de los estados del trópico correspondió a pastos y sólo el 33.4% a bosques y selvas. Estamos hablando de poco más de 5.5. millones de ha de pastos, frente a casi 4.7 millones de bosques y selvas, lo cual significó que entre 1970 y 1988 el área de pastizales en el régimen ejidal creciera a una tasa promedio anual superior al cinco por ciento.

Desafortunadamente no hay datos que permitan hacer un análisis de lo ocurrido en los últimos años con la frontera ganadera del trópico. Pero si consideramos que la ganadería extensiva es de las actividades que se pueden mantener con bajísimos niveles de inversión, es muy probable que la crisis haya propiciado un mayor ensanchamiento de los espacios ganaderos. Un ejemplo que sustenta esta hipótesis es Chiapas donde, entre 1991 y 1994, la superficie de pastos y praderas se incrementó en cerca de 27 por ciento, de tal forma que para 1995 se reconoce oficialmente una superficie ganadera de casi 3 millones de hectáreas.

Tanto en el sector ejidal como en el privado, entre 1977 y 1991 se observa una reducción importante en la superficie de selvas y un incremento de las áreas perturbadas. De acuerdo con el Inventario Forestal, durante dicho periodo se perdieron 2 millones 600 mil ha de selvas, y las áreas perturbadas se incrementaron en 900 mil en Campeche, Chiapas, Quintana Roo, Tabasco, Veracruz y Yucatán. En particular, las selvas altas y medianas se redujeron en cerca de un millón 800 mil ha, lo que afectó de manera diferencial a cada una de las entidades citadas, de tal forma que Yucatán, Tabasco y Veracruz perdieron 76.3, 55.6 y 38.3 % de sus selvas altas y medianas, respectivamente. Además, encontramos dos casos extremos en donde se combinan la devastación del recurso con un fuerte deterioro y la existencia de abundantes recursos con un acelerado deterioro: Tabasco y Quintana Roo. En el primero, desapareció casi el 60% de sus selvas y la zona perturbada creció en 670%; en el segundo, se perdió cerca del 6% de sus selvas altas y medianas pero la zona perturbada se incrementó en 133%.

En este contexto, es necesario y urgente diseñar una estrategia de reconvención de uso del suelo en estados que han sufrido un proceso de devastación de sus recursos forestales, especialmente Tabasco y Veracruz; particularmente, en aquellas áreas que no tienen vocación ganadera o que no ofrezcan ventajas competitivas respecto a otras con mayor potencial forrajero. Podría ser el caso de las llamadas áreas perturbadas que casi suman 6 millones de hectáreas en la región tropical, y que de alguna forma están siendo utilizadas por la ganadería.

Finalmente, cabe señalar que con la nueva Ley Forestal, aprobada en febrero anterior, se alienta la presencia de la inversión extranjera para el establecimiento de plantaciones forestales de rápido crecimiento como eucalipto, gmelina, acacias y pino del caribe. Firmas como Smurfit Cartony, International Paper y Pulsar, tienen programado invertir 480 millones de dólares en 430 mil hectáreas del trópico. Esto ha llevado a un fuerte debate por los probables efectos ecológicos que implicaría la siembra de eucaliptos y por el esquema de financiamiento.

Los autores son investigadores del Centro de Estudios Superiores. México y Centroamerica- UNICACII.


Módulo de demostración silvopastoril San José Kuché
por Luis Ortega Reyes, Fernando Rivas Pantoja, Javier Castillo Huchim

Los sistemas agrosilvopastoriles son una alternativa viable para los problemas de desforestación. Se trata de formas de uso y manejo en los cuales se incorporan especies agroforestales a los sistemas convencionales de ganadería para diversificar el sistema de producción. San José Kuché cuenta con 48 hectáreas, de las cuales seis estaban empastadas con zacate llanero Andropogon gayanus, desde antes del inicio del proyecto. El resto de la superficie estaba conformada con vegetación nativa en diferentes etapas de sucesión.

En 1992, los socios de San José Kuché, con el apoyo técnico del INIFAP, propusieron al Programa de Acción Forestal Tropical un proyecto agroforestal selva-pradera, que contempla la producción bovina y forestal. El proyecto fue aprobado por tres años (1993-1995). Inicialmente, se hizó un inventario de los recursos para diseñar el uso actual del suelo. Con base en esto se incorporaron al sistema especies arbóreas forestales y forrajeras como alternativas de diversificación de la siguiente forma:

1. Enriquecimiento de 11 hectáreas de selva baja caducifolia con la introducción de cedro Cedrella odorata, mediante la apertura de brechas de 1.5 m de ancho, alternado con franjas de selva baja de 1.5 m. El cedro fue trasplantado en pocetas de 25 cm de profundidad y a una distancia de 2 metros entre plantas, lo que da una densidad de alrededor de 1,650 plantas por hectárea.

2. Sustitución de áreas de vegetación secundaria con bajo o nulo valor de uso forestal o pecuario, mediante el sistema de tumba-quema, con la implantación de 2.2 hectáreas de praderas de zacate Estrella de África Cynodon plectostachyus, 9.5 hectáreas de zacate llanero y 3 hectáreas de la especie arbórea forrajera leucaena Leucaena leucacephala.

3. Enriquecimiento de 2.2 hectáreas de acahuales de 3 metros de altura con la especie arbórea forrajera ramón Brosimum alicastrum. El tamaño de las brechas, distancia y trasplante del ramón fueron hechos de la misma forma señalada anteriormente para el cedro.

4. Sustitución de cercos muertos por cercos vivos con árboles de cedro y chacah Bursera simaruba.

5. Conservación de 14 hectáreas de selva baja caducifolia con especies de valor para la ganadería y fauna silvestre.

Esta experiencia piloto y demostrativa, ha despertado el interés de campesinos y comunidades. Pero no hay financiamiento para llevarla a un mayor número de comunidades y su capacitación, a pesar de que puede ser un modelo susceptible de multiplicarse en muchas áreas de la península de Yucatán.

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