
1997
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En alguna ocasión me preguntaron si era posible hacer ecoturismo en un centro urbano como Guadalajara o el D. F., y yo respondí que sí, porque según la propuesta del TAP (Turismo Ambientalmente Planificado) el proceso turístico puede y debe planificarse en sus cuatro momentos (origen, viaje, destino, regreso), con la participación de la comunidad anfitriona y la consideración del costo-beneficio económico, ecológico y social. Claro que es más difícil, pero no imposible.
No obstante, reconozco que la tendencia de los turistas de viajar hacia áreas vírgenes sigue predominando en lo general al hablar de ecoturismo. Y eso es lo que tuve que admitir recientemente al ser invitado a visitar la zona que ocupa la etnia seri en el desierto del estado de Sonora, donde ya se presentan problemas con turistas básicamente norteamericanos de la zona fronteriza de Arizona. Armado con botas y cantimplora, porque los amigos del Instituto Nacional de Ecología (INE) me advirtieron tanto del intenso calor de 40% en el mes de agosto como de la rica variedad de serpientes venenosas, llegué a Hermosillo donde fuimos recibidos por el Oceanógrafo Francisco Navarro D., del Instituto Nacional Indigenista (INI) y Director de la Residencia Seri en Bahía Kino. Una vez realizada la sesión de trabajo inicial, partimos hacia el paraíso donde habita dicha etnia. Recorriendo un camino de terracería de cerca de 60 kms. pude observar un paisaje agreste, con cactos y vegetación secundaria, un lince atravesando frente a la camioneta con la actitud propia de los felinos, aguilillas y otras aves cruzando frente a un cielo azul con nubes y montañas en las que pude distinguir ocho tonalidades diferentes, desde el sepia hasta el azul plomo; al fondo el sol reverberaba sobre la superficie de un mar (el de Cortés) de un azul intenso. A lo largo del camino pude observa dos cercas alambradas, una de las cuales delimita terrenos de Televisa y la otra de la ANGADI (Asociación Nacional de Ganaderos Diversificados) estatal.
Al llegar a Punta Chueca, una de las poblaciones donde los seris se volvieron sedentarios (pues hasta los años 30 fueron nómadas), vi las primeras casitas rústicas que congregan a 300 personas aproximadamente. Gran cantidad de perros, entre los que distinguí varios izcuintlis mezclados tranquilamente entre los demás, merodeaban en las orillas del Canal del Infiernillo que marca la división entre la zona continental y la Isla Tiburón. Aunque la temperatura era de aproximadamente 28% C, excepcional para esa temporada, nos refrescamos un poco y bajo la siempre mano firme y amiga de Paco, nos fuimos a Desemboque donde reside la otra parte de la etnia y en donde celebramos una presentación de ecoturismo, según era lo acordado con los seris, el INI y el INE.
Al salir, aproximadamente cerca de las 20 hs., el sol se ponía sobre el horizonte montañoso y permitía un breve y amable intercambio de comentarios entre el que esto escribe y los kon kaak (la gente), como ellos se autodenominan. La imagen de individuos cerrados y hoscos que llevaba en mente, se deshizo por completo, lo que pude comprobar al día siguiente al hacer el recorrido por las riberas de la Isla.
De regreso a Bahía Kino, después de cenar en un puesto al aire libre con un calor muy agradable, fuimos a descansar a uno de los dos hoteles que hay en esa población, ya que al día siguiente nos esperaba el trabajo de campo. El objetivo que persiguen los kon kaak es controlar el turismo que llega a la Isla de su propiedad (según reza el Decreto expedido el 11 de febrero de 1975) para observar al borrego cimarrón o para matarlo, lo que ahora se hace con permisos expedidos por el INE conforme a su calendario cinegético, aun cuando también hay caza furtiva, a pesar de un campamento de la Secretaría de Marina que se localiza en terrenos de la Isla y de la vigilancia de los propios kon kaak..
La mañana siguiente a muy temprana hora nos metimos a nadar frente al hotel en un mar de aguas transparentes y templado. Después del desayuno con machaca, frijoles maneados y tortillas de harina, y una vez aprovisionados con "coyotas" auténticas, regresamos a Punta Chueca, donde ya nos esperaban el guía de ecoturismo y otros dos seris que nos llevarían a recorrer la parte sur de la costa insular, ya que la Isla mide aproximadamente 60 kms. de largo por 65 de ancho. Es la más grande de México, según se afirma en la publicación conjunta de la SEMARNAP, INE Y Consejo Nacional de la Biodiversidad (CONABIO), "Reservas de la biosfera y otras áreas naturales protegidas de México."
Las visitas (dos) a la Isla Tiburón fueron una experiencia inolvidable. La primera de ellas fue a lo largo de su costa sur por un espacio de seis horas, a la altura entre Punta Chueca y Bahía Kino. Alfredo nuestro guía ecoturístico seri, a pesar de su manejo entrecortado del idioma español nos hizo sentir el respeto y la importancia que para su etnia tiene esa impresionante zona de reserva.
Contemplamos delfines, lobos marinos, aves de diversos tipos y montañas cortadas a tajo, en las que se pueden ver vetas de diversos tipos de minerales, entre los que me llamó la atención uno verde, que uno de los jóvenes seris me informó que era uranio
(!!!) Con razón el ansia de nuestros vecinos por quedarse con esa aparente inservible zona desértica del norte.
Sin contar con mas tiempo, nuestro programa terminó al atardecer con el sol destellando en la cresta del sin fín de olas que nos acompañaron en nuestro veloz regreso al punto de partida.
La segunda ocasión, aprovisionados de permisos y todo lo necesario, como parte del trabajo de campo (junto con la reserva de la Biosfera de El Pinacate) de un curso de ecoturismo que impartía a los miembros de la comunidad kon kaak, desembarcamos ante el imponente paisaje agreste, con la intención de recorrer un sendero, por lo menos, y acampar una noche a fin de experimentar las posibilidades que nuestros anfitriones describen de su isla.
Al poner pie en la playa llena de pequeñas piedras, Gilberto (un guía ecoturístico con reconocimiento oficial) me mostró con entusiasmo una planta rastrera que hace crecer el pelo rápidamente (ya se imaginarán ustedes por que).
A partir de ese momento, mi admiración y respeto por el conocimiento tradicional de la herbolaria local que tienen los kon kaak fue en aumento. Laura, otra de las alumnas, siempre discreta y sonriente, que fue acompañando a su papá Ernesto, también alumno, estuvo recogiendo plantas todo el tiempo cuyo uso me explicó y, la verdad es que no pude guardar toda esa rica información en mi cerebro.
Al final, me regalaron la corteza de un arbusto que me dijeron sirve para purificar la sangre.
Recorrimos varios kilómetros para llegar a un aguaje, tiempo en que Francisco (hijo de Gilberto) me mostró plantas de gobernadora, jojoba y otras, algunas muy bellas y venenosas, mientras que Jorge, un compañero del INI, excelente rastreador, nos mostraba todas las huellas de venado (bura y cola blanca), coyote y otros animalitos que componen la fauna de la isla. Cornelio, uno de los seris mas amigables, me mostró en un paraje algunos tepalcates y vestigios de lo que fue un importante asentamiento kon kaak donde fueron diezmados una de tantas veces en que los yoris (gente de fuera) trataron de exterminarlos. Al anochecer, con luna llena, regresamos al campamento previamente levantado y después de una frugal cena, al calor de la fogata, surgieron las historias que ellos y nosotros quisimos relatar.
Nuevamente me sentí conmovido con el bagage espiritual y cultural que guardan nuestros pueblos americanos nativos, ante la riqueza de las descripciones y la veracidad que se adivina en la emoción de los relatores. Isla Tiburón está llena de historias de dolor y lucha, que este pueblo aguerrido ha tenido que mantener a lo largo de su existencia, ya que cada vez que fueron acorralados en el continente, emigraron
hacia ese refugio que hoy les pertenece por Decreto, y fueron algunas de estas historias de supervivencia las que cada uno de nuestros acompañantes compartieron con nosotros no obstante que había mucho que decir todavía, nos retiramos a nuestras tiendas de campaña cerca de las once de la noche. Yo me aventuré hacia la costa siguiendo el sendero bañado por la intensa luz de la luna, pero influido por los relatos (tal vez) escuché algo como lamentos que provenían de la playa y no tuve valor para llegar a ver de que se trataba.
Fuí el único que durmió sólo en su tienda (las otras dos las ocuparon los seris y los amigos del INI), por lo que el frío de la madrugada invernal, me desperté varias ocasiones, una de las cuales creí que un platillo volador (mentalidad "civilizada", al fin y al cabo) se había posado silenciosamente sobre mi cabeza, traspasando con la intensidad de sus luces las débiles paredes de mi aposento. Al encontrarme fuera del mismo, no pude menos que darle gracias a Dios de poder ser testigo del maravilloso espectáculo que ofrece en el desierto una noche de luna llena con estrellas. Después de meditar medio hora en ese paraíso único, regresé a descansar para estar listo al día siguiente.
Una vez que desayunamos opíparamente gracias a Alma, Adela y los demás compañeros del INI (esta vez no nos acompañó Francisco Navarro porque se quedó en Hermosillo a esperar a su nuevo vástago), hicimos una rápida evaluación del día anterior y nos dispusimos a continuar con nuestro programa. Este segundo día fue tal vez menos excitante (por lo menos para mí), exceptuando el encuentro con una enorme tarántula a la que una de las compañeras sugirió que matáramos ("¡¡está horrible!") a lo que respondí que mejor nos mataran a nosotros pues ella lo único que hacía era defender su casa de los invasores.
También los amigos de mejor vista vieron correr a un venado bura en la cima de uno de los cerros (es obvio que yo ni con mis lentes alcancé a distinguirlo). Pero la riqueza mayor se dio ese día en la confianza y comunicación existente entre el grupo, una vez que habíamos reído juntos e intercambiado nuestras vivencias y compartiendo vicisitudes comunes, lo que vino a reforzar mi convicción de que el turismo, y en especial el ecoturismo es un instrumento de mayor acercamiento, comprensión y respeto entre seres de diversos orígenes.
Abordamos la lancha de regreso aproximadamente a las 15 horas del domingo y, mientras las olas nos salpicaban, yo reflexionaba sobre la conveniencia de incorporar a grupos como estos en el "progreso y la civilización occidental" y exponer sus riquezas naturales y culturales a la expoliación y ambición de gente, tanto de dentro como de fuera, a quienes el desarrollo sustentable se les antoja tan lejano que prefieren seguir sus antiguos y viciados patrones de conducta. Por otra parte, si nuestras comunidades desean participar y competir en este mundo, lo más honesto y ético es ayudarnos a que lo logren sin verse impactados negativamente, por lo que primero debemos aprender a respetarlos. Desgraciadamente, cuando todos los días en el periódico en las calles, vemos la discriminación, abusos y prepotencia que se aplica a los débiles, se me antoja que este también es un objetivo lejano.
Al finalizar el curso, y cuando Laura me regaló con toda sencillez
y espontaneidad, un collar de vértebras de víbora y caracoles,
sentí que nuestro destino ecoturístico si valía la
pena. Ah, se me olvidaba decirles que no vimos ningún borrego cimarrón.
Jorge Chavez de la Peña es un consultor de ecoturismo, trabajando con grupos locales en Mexico. El dirige la seccion de turismo en la revista Kuanum, organo oficial de la Asociacion Mexicana de Agencias de Viajes (AMAV). Escribe al autor a Manchester 8, Apt. 3, Col. Juárez, 06600 Mexico DF; Tel. (5) 839-4223; Email: jorge_chavez65@hotmail.com
Jorge Chavez de la Peña is an ecotourism consultant who works with local groups in Mexico. He directs the tourism section of the magazine Kuanum, the official journal of the Mexican Association of Travel Agencies (AMAV). You can write the author at Manchester 8, Apt. 3, Col. Juárez, 06600 Mexico DF.; Tel: (5) 839-4223; Email: jorge_chavez65@hotmail.com
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