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Por Fernando Vargas Marquez

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Parque Nacional Iztaccíhuatl-Popocatépetl

g Mas sobre el Parque Nacional Iztaccíhuatl-Popocatépetl

Demografía

Dentro del parque, no existen poblaciones, sin embargo las poblaciones aledañas manifiestan un crecimiento demográfico, teniendo un impacto importante sobre el área protegida.

Aspectos Culturales

De nadie es desconocido el culto que experimentaban nuestros primeros aborígenes por los montes, en general, y de una manera singular por los dos volcanes de la Sierra Nevada, llamada en la época prehispánica "Sierra de Ahualco o de Ahualulco" (lugar coronado de agua), donde suponían que moraban los genios tutelares del Anáhuac donde culminan las montañas sagradas, el Iztactepetl (blanca montaña) y el Xalliquehuac (arena que se levanta) (Sosa, 1951: 77-78, 135).

Posteriormente, durante las tres centurias de dominación hispánica, la influencia de aquellos colosos, aunque desligada cada vez más de las creencias religiosas, continuó en el sentir íntimo de las nuevas generaciones que poblaban el corazón de la Colonia, casi con la misma intensidad, si bien bajo otro aspecto, tal ves más profundo e impresionante: el aspecto de misterio y terror que siempre inspiraban las grandes moles terrestres. Desde Diego de Ordaz, en 1519, hasta el Barón Alejandro de Humboldt, en 1804, la impresión que hallamos expuesta en todos los escritos de tales épocas, es casi siempre la misma: el cráter del Popocatépetl era considerado por algunos como la boca del infierno (Motolinía); otros escritores, como Muñoz Camarga, se expresan con espanto de los dos volcanes; en fin, Sahagún habla de la monstruosa altura del Iztactépetl (Iztaccíhuatl) (Ibid: 135).

"El Popocatépetl y el Iztaccíhuatl representaban para los pueblos de Anáhuac, algo así como las mansiones inviolables de las obscuras divinidades que velaban por su raza. Las violentas erupciones del Popocatépetl, entonces frecuentes, inspiraban un sagrado terror entre las naciones circundantes. Mexicas, tezcocanos, tlaxcaltecas, cholultecas y huejotzingas, miraban en aquellas elevadas montañas de nieve, las imágenes de deidades sobrenaturales, cuyos dominios se levantaban muy arriba de la humanidad, incognoscibles entre las nieves perennes del Iztaccíhuatl, ocultos entre el fuego y el humo que vomitaba el Popocatépetl (Sosa, 1951: 33-34).

"Los mismos españoles de Cortés, cuando llegaron por primera ocasión a Tlaxcala, el 23 de septiembre de 1519, se quedaron atónitos al contemplar el espectáculo que ofrecían aquellos colosos de la Naturaleza, eternamente estáticos. Jamas habían conocido algo semejante. El Iztaccíhuatl, con su alargada cresta nevada, representa en efecto la silueta de una ingente mujer cubierta con blanca vestidura; una blanca mujer yacente arriba de los bosques y de las rocas oscuras de la montaña. El Popocatépetl, en cambio, era el dios colérico de los mexicanos, que clamaba constantemente con rugidos de trueno y de fuego ante el cadáver de la diosa (Ibid: 34).

Según Muñoz Camargo, las montañas eran para los indios, dioses, y de diferente sexo, supuesto que eran marido y mujer. Piensan aquellos simples que es una boca de infierno a donde los señores que mal gobiernan o tiranizan, van después de muertos a purgar sus pecados, y de allí al descanso (Gomara; citado por Sosa, 1951: 162).

"La Fiesta del Atlixcayotl (reunión de pueblos indígenas que se celebrará el domingo 29 de septiembre) será dedicada al volcán Popocatépetl, informó Eduardo Merlo Juárez, representante del comité organizador del acto de culto que se realiza desde hace 2,000 años. Con la participación de integrantes de 18 municipios del estado de Puebla, se efectuará el ritual para "Don Gregorio El Chino", nombre que se da al Popocatépetl en la región. En excavaciones del 200 antes de Cristo, se descubrió una ofrenda a "Don Gregorio", en la que figuraba una vasija con copal, lo que indicó que la actividad del Popocatépetl no cesó desde esa época. El culto es conservado por los pueblos indígenas que consideran el volcán un "dios" que requiere ofrendas para "estar contento" y "no causar daño", dejando de lanzar cenizas y fumarolas. El Atlixcayotl es considerado patrimonio cultural del estado oriental de Puebla, donde se localizan las cimas Popocatépetl (Principe) e Iztaccíhuatl (mujer dormida), considerada por las etnias locales como la leyenda de un príncipe que guarda el sueño de la princesa (El Universal, 1996: 4).

También, al Iztaccíhuatl la gente de la región la llama "Rosita", "la Volcana".

"Fue una de sus grandes sorpresas (de los españoles) que experimentaron durante su permanencia en tierras de Tlaxcala: la vista de la Cordillera de Anáhuac, con sus dos volcanes culminantes, que parecían levantarse hasta imposibles alturas desafiando el espacio. ¿De donde procedía el humo que arrojaba el Popocatépetl de día y de noche y que se elevaba en ingentes columnas obscureciendo el firmamento? Por eso, una vez pacificada Tlaxcala, mientras planeaba su marcha para Tenochtitlán, decidió organizar una expedición que llegara hasta la cima del volcán para desentrañar el secreto de sus paroxismos. Escogió para ello a diez de sus más aptos compañeros, infantes avezados a toda clase de marchas, al frente de los cuales puso a don Diego de Ordaz, capitán de soldados de espada y rodela, esforzado guerrero hispano (Sosa: 35).

"Los indígenas, que consideraban al Popocatépetl como el sitio del dios del fuego, creían que el cráter era un purgatorio. Es así que construyeron al pie del cono del volcán, en el límite de los bosques, un templo donde los ídolos en gran número, eran los encargados de interceder cerca de las divinidades infernales. "En 1519, después de doscientos años de paz, la repentina erupción del Popocatépetl, mucho inquietó a los habitantes del Anáhuac, que veían en ello el presagio cierto de acontecimientos desfavorables. Establecieron inmediatamente una relación entre las manifestaciones de la montaña y la llegada de este puñado de españoles que habían vencido a 40,000 guerreros tlaxcaltecas (Wyss, 1937; citado por Sosa, 1951: 52).

"Cortés no tardó en saber el carácter sagrado de esta montaña, que sembraba el terror entre los indios, y entonces probó la firme idea de un joven capitán que estaba a sus órdenes, llamado Ordaz, quien le propuso hacer la ascensión a la eminencia, comprendiendo esta empresa muy propia para aumentar el prestigio español, pues sorprendería con un gran golpe, la imaginación idólatra de los indígenas (Ibid: 52-53). Ordaz se puso en camino con nueve compañeros y un jefe indio seguido de algunos sirvientes. No sospechando de las dificultades del camino, los españoles partieron como si se tratase de intentar un simple reconocimiento en terreno seguro. Esta clase de hombres jamás perdían el tiempo en discusiones. Ordaz y sus compañeros tuvieron que atravesar los bosques de sabinos.. Los españoles hicieron un alto, por la tarde, sobre la llanura llamada Tlamacas, entonces lugar sagrado donde se encontraban los templos. "Allí pasaron la noche a cielo raso. El frío suele ser intenso en esta altitud y obliga a las bandadas de coyotes a refugiarse en los bosques. Sin duda ninguna, Ordaz y sus compañeros tuvieron la desagradable sorpresa de escuchar los lúgubres aullidos de las fieras y de ver brillar en la noche, sus ojos alumbrados vivamente, puesto que, en nuestros días todavía, esos habitantes de la Sierra Nevada importunan a los turistas. La noche debió ser muy impresionante. Del como escapaban entre el humo y acompañadas de ruidos subterráneos, grandes llamas que arrojaban una luminosidad siniestra sobre las nubes. El suelo tembló y las explosiones, repercutiendo en el terreno en movimiento, turbaron el sueño de los aventureros. Los indios intimidados rehusaron ir más lejos y a las tres de la mañana del día siguiente dejaron a Ordaz y sus compañeros partir en la noche, solos, y sin duda enmudecidos por el espectáculo de la montaña abrasada. Los españoles atravesaron dos anchas barrancas (gargantas); después, llegados al pie del cono, continuaron subiendo sobre las pendientes suavemente inclinadas. Para llegar al punto nombrado "Las Cruces", donde los flancos de la montaña se inclinan súbitamente, era preciso ejecutar, en la ceniza y la piedra pómez, una marcha de tres horas y media (Ibid: 53). "A partir de las Cruces, una lava negra, enfriada y en fragmentos irregulares, esparce la ceniza. Se llega bien pronto al nivel del Ventorrillo, grupo de monolitos semejantes a ciertas campanas de iglesia, y que queda a la derecha sobre el flanco norte. Más al este, el camino es libre y permite, sin dificultad, llegar a los campos de nieve, a 4,800 metros de altura. Es allí donde los españoles encontraron obstáculos imprevisibles; desde luego la refacción del aire, puso su corazón y su respiración a ruda prueba. A 5,000 metros un sueño invensible se apoderó de ellos. Avanzaban diez pasos, después se detenían fatigados, para volver a comenzar sin cesar este esfuerzo. Todavía los separaban 450 metros de la cúspide. Los españoles se detuvieron entonces durante una hora, el tiempo para dejar pasar una pequeña erupción del volcán (Ibid: 54). "Ordaz y sus acompañantes volvieron a emprender penosamente la ascensión. No querían ceder a pesar de la fatiga, a pesar del frío, a pesar de los vapores y de creer en los relatos, llegaron no lejos del cráter. En este momento la montaña vomitó un humo tan denso, cenizas tan calientes y llamas tan amenazantes, que quedaron ciegos y sofocados. Los obstáculos eran insuperables, aun para los hombres de fierro como ellos. Decidieron, pues, descender, pero a fin de probar a los indígenas la veracidad de sus relatos, llevaron bloques de nieve, trofeos de los que podían en buena ley, ser valientes (Ibid: 54-55).

El efecto producido por esta expedición fue inmenso. Cortés se declaró satisfecho de la empresa, sobre la que escribió una carta a Carlos V. Pero quien conociese a Cortés, bien podía pensar que él no dejaría incompletos los resultados de esta exploración. Dos años más tarde, cuando ya se hubo terminado la conquista de México, y pacificado el país, envió otra expedición al Popocatépetl, al mando de Francisco de Montaño, caballero de alta templada. El objeto, esta vez, era proceder a un reaprovisionamiento de azufre (Ibid: 55).

"Desde que los hermanos Federico y Guillermo Glennie, en abril de 1827, hicieron su ascensión al cráter del Popocatépetl, como los primeros después de la conquista, muchos sabios y exploradores subieron al volcán algunas veces y en varias estaciones del año, para medir su altura y recoger de ese lugar toda clase de datos científicos. En el siglo pasado hicieron tales expediciones, por ejemplo, Samuel Borbeck, el 10 de noviembre de 1827; Federico Von Gerolt, con el Barón Von Gros, el 24 de mayo de 1833, y por segunda vez (acompañados por el señor F. Egerton), el 29 de abril de 1834; dos franceses cuyos nombres no se conocen, el 27 de febrero de 1851; el Marqués de Radeport con el pintor Pingret, en los primeros meses del año de 1853; C. Pieschel, el 26 de marzo de 1853; los señores Truqui y Craveri, en septiembre de 1865; el Doctor August Sontag con J. Laverriere, y otros, en enero y en junio de 1857; Dollfuss, Monserrat y Paul Pavie, el 23 de abril de 1865; los miembros de la expedición francesa para la observación del paso de Venus por el disco solar en 1882; Gerard Von Rath, en abril de 1884; Hans Lenk, el 19 de diciembre de 1887; Heilprin, en el año de 1890; los señores José G. Aguilera y Ezequiel Ordoñez, en agosto de 1894, y Douglas en 1897 (Rosendo Sandoval; citado por Sosa, 1951: 164).

El 19 de febrero de 1919 el capataz de la cuadrilla que extraía azufre, con el propósito de aumentar la emisión de vapores azufrosos, hizo explotar 28 cartuchos de dinamita. Como posteriormente se inició el último período de actividad del volcán, se le ha atribuido el origen artificial citado, lo que no parece posible, sobre todo tomando en cuenta la pequeña carga de explosivo que se empleó.

En febrero de 1938, el Sr. Roberto Labra Mejía, describe que para realizar la ascensión al Popocatépetl, el punto de partida en bestias, era Amecameca (Sosa: 166).

"Fue la "Legión Alpina de México" -escribió el Sr. Ibarra- el grupo alpinista que logró instalar el primer campamento alpino en el fondo del cráter del majestuoso volcán Popocatépetl, durante los días del 15 al 20 de abril de 1935. Ya anteriormente había sido habitado este lugar por los trabajadores que extraían el azufre con fines comerciales, los cuales permanecían en el interior del mismo hasta ocho días sin salir. Se servían para penetrar al fondo de la inmensa boca, de un malacate como los que usan en los pozos de las minas. Además, alguna expedición de geólogos también logró permanecer algún tiempo allí, efectuando observaciones de carácter científico. Pero sucedió que por 1919, en una tremenda catástrofe, perecieron la totalidad de los trabajadores del azufre, el malacate quedó inservible y el cráter estuvo por mucho tiempo sin ser visitado por exploradores y científicos" (Ibid: 178).

En un punto denominado por los nativos "Palo Rechino", donde encontramos un cristalino hilillo de agua que calmó nuestra sed, nos detuvimos a esperar a los mozos que venían con los caballos y que se habían retrasado. En el segundo arroyito que encontramos, o sea un sitio denominado "El Paraje", hicimos un alto para tomar un ligero lunch.. Recuperada parte de nuestras energías, perdidas por la jornada, proseguimos por la inclinada cuesta hasta llegar al punto llamado "Tlamacas", donde estuvo ubicada una planta beneficiadora del azufre que se extraía del cráter y de la cual sólo quedaban restos de construcciones de piedra (Ibid: 181).

Encontramos el cráter en un estado de actividad inusitada y, por lo tanto, aceptamos posponer el descenso para el día siguiente; como era ya una hora avanzada de la tarde, levantamos una tienda de campaña en la empinada rampa interior del borde, junto a los restos del malacate (Ibid: 183).

Una excursión al Iztaccíhuatl. Salimos de Huejotzingo, a lo largo del camino de Santa María (Ibid: 210).

Se encuentra el exiguo caserío de Santa María Buenavista hacia el confín de aquellas llanuras arenosas, a unos 12 kilómetros de Huejotzingo, casi ya en la base del coloso Iztaccíhuatl (Ibid: 215).

Incidentalmente nos encontramos con el guarda forestal encargado de la vigilancia de estos montes, y con quien continuamos nuestro camino hasta el campamento de La Presa. Las confidencias que nos proporciona este modesto funcionario del Servicio Forestal, no pueden ser más destrozas. Constantemente tiene que oponerse él solo a las incontables depredaciones cometidas por todos los individuos de los pueblos comarcanos que se dedican, impune y subrepticiamente, a la explotación inicua y torpe de los recursos forestales. El carbonero con los encinos; el tejamanileo con los oyameles; el ocoteo con los pinos; el pastoreo desmedido con toda clase de ganado; la elaboración de vigas, de morillos, de latas; el corte de leña; la consumación de los incendios en el interior de los arbolados, especialmente en los meses secos del año: todos estos abusos y otras muchas iniquidades que escapan a nuestra memoria, vienen practicándose sin interrupción en todos los montes del Iztaccíhuatl y del Popocatépetl, sin que haya poder humano que las detenga. Sólo la potencialidad de aquella tierra, fecundada por la acción milenaria de la vegetación; sólo la abundancia de las lluvias anuales; la benignidad del clima; la constante humedad proveniente de los deshielos de los volcanes, ha impedido -pero sólo hasta ahora- la desaparición absoluta del bosque. Sin embargo, el estado de vegetación en que se encuentra actualmente, no puede ser más lamentable (Sosa: 216-217).

Algunos ejemplares solitarios y magníficos de esta esencia forestal, que observamos ahora, como gigantes huérfanos de la antigua selva, se levantan allí, de cuando en cuando, como atestiguando la preexistencia de todo un mundo vegetal, colosal y primitivo, ya desaparecido. Salvados milagrosamente del hacha de los madereros, del fuego de los incendios, de los dientes de las cabras, aquellos gigantescos oyameles, con más de 40 metros de altura, verdaderas torres vivientes, venerables patriarcas del bosque, parecen todavía desafiar a todas las fuerzas ciegas de destrucción y de muerte llevadas por el hombre hasta aquellos santuarios de la Naturaleza (Ibid: 218).

Por fin llegamos al campamento de La Presa, a unos 25 kilómetros de Huejotzingo. Se halla este lugar en el fondo de la misma cañada antes, a unos 3,600 metros sobre el mar. La cañada se estrecha notablemente en estos lugares, como cerrada por una confusión de filetes boscosos. Sólo al occidente se abre el panorama para ofrecer la vista de los ingentes murallones de "Ventanas", que deben levantarse muy arriba de los 4,000 metros (Ibid: 219). Llegamos por fin, al último extremo del camino, al mismo lugar de donde parece arrancar la cañada de La Presa, precisamente en la base de los elevados acantilados de Ventanas, gigantescos murallones de rocas negruzcas, que se levantan arriba de los postreros arbolados, y entre cuyas asperezas inaccesibles se mantienen ya las primeras nieves persistentes. Muy arriba, entre los despeñaderos, como un débil hilo de irisados colores, cae la primera cascada; el agua, perdida momentáneamente en los abruptos flancos de la montaña, vuelve a surgir más abajo en segunda y transparente cascada. Vuelve a extraviarse el agua bajo los grandes pinares, entre los enmarañados zacatonales, a través de los caos de rocas disgregadas de talud; y casi increíble, torna a formarse una tercera cascada, que rueda ya con rumor perceptible, muy cerca de nosotros. Es el origen del arroyo que veníamos siguiendo desde muy abajo; son aguas que proceden de los deshielos del volcán; aguas que comienzan a licuarse, probablemente, desde los desconocidos y terríficos ventisqueros de la eterna Iztaccíhuatl (Ibid: 221-222).

"Desde 1521, el Popocatépetl se mantuvo en un período de inactividad que debía durar hasta 1539, época en que se produjo una nueva erupción. Esta vez, los españoles, en número de cinco, tomaron no el camino de Cholula, sino el que conduce directamente a Amecameca a través del Valle de México, con una distancia de 65 kilómetros. Mejor equipados, instruídos por la experiencia de Ordaz, no podían fracasar. Así, después de siete horas de marcha, llegaron a la cima. De pronto Montaño descubrió el secreto que tanto había interesado a Cortés: vio en el fondo del cráter un cono de donde se desprendía una pálida flama y vapores amarillos. La base del cono -que podía medir aproximadamente 50 metros de altura- estaba cubierta de fumarolas semejantes a otras tantas úlceras. Las paredes del cráter, a pico, permitían ver a simple vista, una roca amarillenta por los depósitos de azufre. Prontamente los españoles instalaron su cabria, y Montaño hizo que lo bajaran por medio de una canastilla hasta la altura de los cristales. Muchas veces la cabria recogió cargas de azufre y después, cuando se consideró suficiente la cantidad, la canastilla regresó al explorador al borde del cráter" (Sosa: 55-56).

"Investigaciones de Humboltd. Este sabio alemán, aunque no pudo intentar la ascensión a los volcanes culminantes de la Sierra Nevada, fue el primero en llevar a cabo la medición de la altura del Popocatépetl, operación que llevó a cabo por medios trigonométricos desde su celebre base de Tetimpa, en las inmediaciones de San Nicolás de los Ranchos, del Estado de Puebla (Sosa: 55).

Sobre el Iztaccíhuatl, casi nada escribió Humboldt. Apenas al referirse esta montaña, decía: "La Dama Blanca acostada". Así traducía el nombre azteca de este volcán. En cambio, sobre el Popocatépetl continuó escribiendo mucho más (Ibid: 68).

Después de la emancipación, una de las primeras ascensiones de carácter científico efectuado hasta el cráter del Popocatépetl, fue la que llevaron a cabo los señores Guillermo y Federico Glennie, hermanos de nacionalidad alemana. Esta expedición fue realizada en el mes de abril de 1827 (Ibid: 79).

"La primera erupción del volcán de que se hace mención, según asevera el erudito Lic. Manuel L. Orozco y Berra, en su "Historia Antigua y de la Conquista de México" es la siguiente: "Cinco Tochtli" (1354). A los 31 años de la fundación de México, comenzó a salir fuego del volcán. Este mismo autor dice: Año de 4 Casas y de 1509, vieron una claridad de noche que duraba (duró) 40 días (Ibid: 94). Año de 7 Navajas y de 1512..este año les parecía que humeaban las piedras tanto, que llegaba el humo al cielo. Don Juan Orozco y Berra, dice que en 1519 seguía la actividad del Popocatépetl, ignorando si era una nueva erupción, o sólo la continuación de las de 1509 y 1512; pero en este año vieron los españoles que el volcán arrojo humo, cenizas y piedras incandescentes, durando en este estado hasta 1528 (Ibid: 95). En 1530 cesó de echar humo y así estuvo hasta 1540 (Enrico Martínez). Sin embargo, Bernal díaz del Castillo, dice: en 1539 hecho grandes llamas, piedras y cenizas (Ibid: 96).

En 1548, 1571, 1592 y 1594 hizo nuevas erupciones. En el siglo XVII hizo cinco en los años 1642, 1663, 1664, 1665 y 1697. En el siglo XVIII hizo dos erupciones en 1720 y 1790; y en lo que va del presente siglo, sólo una, en 1804 (Ibid: 97).

En el año de 1663, a 13 de octubre, a las dos de la tarde, levantó con estrépito, un plumaje de humo. Víspera de San Sebastián (febrero 24 de 1664) a las once de la noche, por la parte que mira a Puebla cayó de la boca un gran pedazo, con tanto ruido, que estremeció toda la ciudad, y las ventanas y puertas se abrieron de golpe, y el techo de la escalera de nuestro convento se vino abajo; hiciéronse rogativas y procesiones de sangre pidiendo a Dios misericordia, porque la ceniza era en cantidad, y con ella piedras que se hallaban menudas, livianas como la piedra pómez (Betancourt, citado Por Sosa, 1951: 161). Entre sus manifestaciones más recientes ocurrieron entre los años de 1920 y 1926, lo cual produjo una disminución en la extensión de sus nieves.

Las erupciones del Popocatépetl de que se tiene memoria, se han verificado en los años de 1519, 1530, 1548, 1571, 1592, 1642, 1644 y 1802 (R. de Zayas Enríquez, 1893; citado por Sosa, 1951: 84).

Recientemente, al respecto de las erupciones del Popocatépetl "no todos los pobladores piensan igual. Algunas personas aseguran que Gregorio el Chino siempre ha arrojado ceniza y que por lo tanto no pasará nada" (La Jornada, 1995: 22).

El Ixtaccíhuatl es de seguro el más importante de los volcanes homogéneos, y uno de los menos conocidos, a pesar de su proximidad a la capital. Esto coincide en lo inaccesible de su cima, por estar sus flancos, desde cierta altura, cortados casi a pico. Conocemos cuatro expediciones científicas que han estudiado el Ixtaccíhuatl: la primera es la de Mr. Sonneschmidt en 1772, sin que se llegara a la cumbre; la que dirigió el Sr. Sontag en 1857; la formada por los inteligentes naturalistas Hans Lenk y Hugo Topf, que ascendió al volcán en abril de 1888 y la que dirigía el Profesor Heilprin, a principios de este año de 1890 (Juan Orozco y Berra, citado por Sosa: 97).

Etimología del Iztaccíhuatl. Este nombre es de los que se encuentran más adulterados y que en cada una de las diversas formas que la gente en general lo escribe y pronuncia, quiere decir una cosa distinta (Sosa: 225).

Dicha palabra, escrita correctamente, debe ser Iztaccíhuatl, y quiere decir Mujer Blanca (Ibid: 226).

Antes de la conquista, los mexica celebran la fiesta de los montes o Tepeihuitl, sorprendidos por la grandiosidad de las montañas de eterna nieve, Iztaccíhuatl y Popocatépetl, los tomaron como dioses.

En el Iztaccíhuatl -mujer blanca- tenían templos en varios lugares y especialmente en una cueva de la misma montaña. Sacrificaban a esta diosa, una esclava vestida de verde, con tiara blanca y también sacrificaban en la misma montaña a dos niños y dos niñas. Pero la fiesta principal de la veintena, se hacia al Popocatépetl -cerro que humea-, entre otras había una ceremonia, que consistía en danza y sacrificio, en la que llevaban a dos esclavas jóvenes, que tenían pintadas en la falda unas tripas returtas, significando una el hambre y la otra la hartura (Chavero, 1974: 431, citado por Vargas, 1993: 1).

Ya mencionamos el culto tributado a los montes por nuestros aborígenes, y el mes Tepeíhuitl del calendario Ritual, cuya fiesta principal se hacia al cerro que Humea, al Popocatépetl. La ceremonia del día era hacer cerritos de masa de bledos, y cada uno en su casa los ponía, colocando uno más grande, que era el volcán. A estos cerritos les hacían caras con ojos y les ponían diversos adornos; a más, hacían arbolillos de los cuales colgaban heno y los colgaban también por todas las cercas. Arrojaban después maíz a los cuatro vientos, de cuatro colores, negro, blanco, amarillo, entreverado; y concluía la fiesta con solemnísima danza, en que todos iban vestidos con traje talar blanco y en él pintados corazones y manos abiertas, significando que pedían buena cosecha porque ya era tiempo; y así andaban con bateas de palo y jícaras grandes como pidiendo limosna a su dioses. Llevaban en la danza a dos esclavas, hermanas jóvenes que sacrificaban (Jesús Galindo y Villa, 1926; citado por Sosa, 1951: 296-297).

En una roca saliente por encima del fondo del cráter, se construyó hace más de sesenta años un cabrestante o torno tosco, pero sólido, por el cual se bajaba al fondo, y que servía para que los indios descendieran a recoger el azufre. Se dice que este producto es superior al del Etna, en Sicilia; su explotación empezó hacia el año de 1836 por un señor don Ignacio Reyes; posteriormente, adquirió la propiedad del volcán el general don Gaspar Sánchez Ochoa. También se ha explotado la nieve; los llamados nevaderos, provistos de hachas, la cortaban en trozos de forma regular, que envolvían en zacate seco; cargada sobre asnos, la conducían a Amecameca, después a Chalco, y de este punto hasta la ciudad de México por el canal. Hasta hoy, ni la explotación del azufre, que no ha llegado a hacer científicamente, ni la de la nieve son de cuantía (Jesús Galindo y Villa, 1926; citado por Sosa, 1951: 296).

Las tradiciones de la Iztaccíhuatl.

En torno al Iztaccíhuatl se ha bordado una leyenda, que yo no creo sea obra de los indios. Es demasiado romántica, demasiado dulzona para que cometa la injusticia de imputárselas; pero es inevitable mencionarla, ya que la han hecho circular demasiado: Dícese (A.M. de Padua) que cuando el Anáhuac estaba habitado por los quinames (gigantes), la reina de éstos era una mujer tan adorablemente hermosa, que el Sol se enamoró de ella y le ofreció un trono entre los astros. Pero la reina Iztac, La Blanca, amaba demasiado a sus súbditos para decidirse a abandonarlos, y se rehusó, suscitando con su negativa una guerra (no sabemos con quien), en la cual sucumbió: los gigantes, sus súbditos, tendieron entonces su inmenso cadáver sobre el féretro de pórfidos donde yace ahora y encendieron a sus plantas una enorme pira: El Popocatépetl: El Sol, herido de dolor al ver muerta a la mujer a quien había amado, huyó de la tierra a ocultar su amargura en los ciclos, y entonces, las lágrimas que los gigantes derramaban por su reina, se cristalizaron en heleros. Uno a uno, fueron muriendo, y en sus restos quedaron en los picachos que circundan la Iztaccíhuatl (Domínguez Assiayn, citado por Sosa: 236-237).

El Coatepoxtle. Como un muchachito de unos doce años, con su gorra negra y su trajecito colorado y sus cacles colorados también. Es mentira que haga daño. El Coatepoxtle sólo viene a ver cómo está la Señora (la Señora es la Iztaccíhuatl), y al pasar entre los árboles, en las noches, se entretiene en cortar ramitas de pino, con una hachita que trae siempre. Cuando uno lo ve, se va; se va a ver al Siñor (el Popocatépetl, por que lo que prefiere es la barranca de Nexpayantla (Ibid: 237).

Cuenta Sahagún, entre las supersticiones que tenían los indígenas con respecto a las montañas, que cuando alguno de noche oía golpes como de quien corta leña, tomaba mal agüero: a éste le llamaban"toaltepuztli", que quiere decir, "hacha nocturna". Por la mayor parte, ese sonido se oía al primer sueño de la noche, cuando todos duermen profundamente. Oían este sonido los que de noche iban a ofrecer (a las montañas) cañas y ramos de pinos, los cuales eran ministros del templo, llamados "tlamacazquez". Estos tenían por costumbre de hacer penitencia en lo más profundo de la noche y entonces presentaban estas ofrendas en los montes comarcanos. Y agrega que el Coatepoxtle (como le llaman ahora) se presentaba en la forma de un hombre sin cabeza. que tenía el pescuezo como un tronco, y el pecho abierto, y tenía a cada parte una portecilla que le abría y cerraba, juntándose en el medio. Cuando algún denodado se encontraba con el Coatepoxtle, al que los cobardes huían, lejos de esquivarlo, lo perseguía, por muchas horas que en ello empleara, y si lograba asirlo, le abría las "portecillas" y le cogía el corazón, amenanzándolo con matarlo si no le obsequiaba con tres o cuatro espinas de maguey, que el genio tutelar de los volcanes regateaba todo lo posible. Esas espinas, si al día siguiente se conservaban como tales, significaban la felicidad, pero si se convertían en andrajos o polvo de carbón, quería decir que quien las poseía iba a morir en breve (Ibid: 237-238).

"La fiesta de la Diosa (Iztaccíhuatl), que esa gente cvelebraba en nombre del Iztaccíhuatl, que quiere decir mujer blanca, era la sierra nevada la cual tenella por diosa y adoralla por tal... teníale en las ciudades sus templos y hermitas muy adornadas y reverenciadas donbde tenían la estatua de esta Diosa y no solamente en los templos pero en una cueva que en la mesma Sierra había. Estaba muy adornada y reverenciada con no menos reverencia que en la ciudad donde acudían con ofrendas y sacrificios muy de ordinario teniendo junto a sí en aquella mucha cantidad de idolillos que eran los que representaban los nombres de los cerros que esta Sierra tenía a la redonda... y a la Sierra Nevada levaban dos niños pequeños y dos niñas metidos en unos pabellones hechos de manos ricas y a ellos muy vestidos y a ellos muy vestidos y galanos a los cuales sacrificaban en la mesma sierra en el segundo lugar donde la tenían (Durán, 1880: 199; citado por Lorenzo, 1957: 28).

Estaban en lo aspero de esta Sierra dos días haciendo las ceremonias a esta Diosa (Ibid: 29).

El 8 de noviembre de 1935 se publica el decreto de creación del parque nacional a la cota de los 3,000 msnm, con una superficie de 59,914 (UAM, 1992: 1; citado por Vargas 1993).

"Parece que la primera idea de establecer un yermo de Carmelitas Descalzos en estas comarcas de la Nueva España, se debió originalmente a Fray Juan de Jesús María, Prior del Convento de Puebla de los Angeles, quien había pensado erigir el nuevo monasterio en los bosques del volcán Popocatépetl. Para el efecto, fueron comisionados Fray Juan de San Pedro y Fray Tomás de Aquino, que partieron a la Sierra Nevada acompañados por un albañil del convento angelopolitano, pudiendo encontrar pronto el sitio más a propósito para la fundación de la piadosa obra. Por esos días fué cuando llegó a Puebla el benefactor gatidano don Melchor de Cuellar, que regresaba de España animado de los más edificantes empeños. Puesto en contacto con Fray Juan de Jesús María, ambos quedaron complacidos del proyecto esbozado, guardando silencio sobre sus planes mientras conseguían las licencias necesarias para iniciar la construcción del monasterio. Un año tardaron en obtener dichas licencias de las autoridades civiles y eclesiásticas. Entonces se formuló el contrato que entre don Melchor de Cuellar y la Orden Carmelitana. Faltaba un requisito: la aprobación del señor Obispo de puebla, don Diego Romano. Un disgusto imprevisto entre este prelado y Fray Juan de Jesús María paralizó la continuación del proyecto. Inútilmente intervinieron altos dignatarios de la colonia, como el Virrey de la misma, señor Marqués de Montes Claros, los Oidores y otras personas encumbradas (Sosa; 1952: 80).

"Trabajaron durante 18 días,a 5,260 metros de altura, con temperaturas congelantes, a veces de 10 grados bajo cero y vientos de 80 kilómetros por hora. Finalmente lo lograron: seis montañistas mexicanos implantaron record mundial de permanencia en el pecho del Iztaccíhuatl y, algo más: hallaron valiosos objetos prehispánicos que hacen suponer la antigua existencia de templos, tumbas o adoratorios aztecas en este volcán. Encontramos diversos objetos: cabezas, cuentas, bolas de barro, puntas de lanza, pendientes de jade, silbatos, obsidianas y pedazos de cerámica que parecen haber formado vasijas o incensarios. Además, flechas y otras artesanías de madera, comenta José María Aguayo, jefe de la expedición (del grupo de montañistas del Club Alpino mexicano) que descendió el 21 del mes en curso. Los objetos prehispánicos fueron recogidos a flor de tierra, sobre un área de 60 metros cuadrados. Normalmente esa zona esta cubierta por una capa de nieve de diez metros de espesor y quizá por eso nadie los había encontrado, pues los ascensos se hacen en otra época del año (Gutiérrez, 1983: 2D).

En el parque nacional, por la parte del Estado de México, existen nueve adoratorios, cinco en el Iztaccíhuatl: Cuevas del Valle de Mipulco, Adoratorio de Nahualac, Adoratorio del Caracol, Adoratorio del Solitario y el Llano Chico el Alto. En el Popocatépetl cuatro: Adoratorio de Nexpayantla, Cementerio de Tenenepanco y dos denominados de la misma manera Lomas Norte de Nexpayantla (Lorenzo, 1957, mapa 2).

"Para 1946, quizá 47, haciendo un recorrido inicialmente alpino por las laderas del Popo, nos encontramos en la cota 4,200 aproximadamente y en el lugar que se conoce como el collado de Nexpayantla, tepalcates abundantes, algunos fragmentos de puntas y navajas de obsidiana e inclusive cuentas de jade, muy deterioradas por la intemperie, y fragmentos de discos de pizarra. "El hallazgo no dejo de sorprendernos y rastreando estos vestigios fuimos a dar con los restos de un basamento cuadrangular, bastante destruido (Lorenzo, op.cit: 12).

"Claudio José Deseado Charnay, viajero o aventurero romántico del siglo pasado, hizo su primera visita a México en 1857.. en su obra de 1885, tiene dos capítulos, el IX titulado "Exploración en las montañas" y el X "Cementerios de Tenenepanco y Nahualac" (Ibid). Cuando en su primer viaje y al estar fotografiando el Popo, descubrió cerámica arqueológica precisamente en el lugar donde había puesto su cámara. Este es el lugar que luego nombró Tenenepananco y al el volvió durante el verano de 1880.

En Tenenepanco, que en su ausencia había sido parcialmente saqueado, comenzó el trabajo abriendo una serie de trincheras que se cruzaban a lo largo de la pequeña plataforma y así, según sus palabras, logró localizar tumbas de las cuales había dos intactas por cada una saqueada. Los entierros estaban a profundidades que oscilaban entre los 0.60 m y 1.50 m., en posición fetal con cajete sobre la cabeza y sin orientación general. Las ofrendas comprendían cerámica, piedras verdes, puntas de obsidiana y cascabeles de cobre. Entre la cerámica encontró dos piezas con colores en relieve, como esmalte, siendo los colores blanco, azul, verde y rojo (Peñafiel, 1890, citado por Lorenzo: 13), así como perritos con ruedas.

De acuerdo con los datos de Charnay de aquí, de Tenenepanco, se obtuvieron 370 piezas enteras aun cuando la mayoría de los objetos habían sido "sacrificadas" en el momento del entierro. Consideró que éste era un cementerio tolteca consagrado a Tláloc por los vasos efigie con su imagen que encontró y, siguiendo a Durán, al Pico del Ventorrillo, cercano al lugar y al que él como otros muchos llama erróneamente el Pico del Fraile, lo identifica con Teocuinani -El Vantor Divino- por ser el lugar donde se forman terribles tormentas y donde existía un adoratorio, el Ayauchcacalli, la casa del reposo.

Terminado su trabajo en este lugar, se dirigió a las cuevas de la barranca de Nexpayantla donde le habían dicho que había muchas cosas. Llego pero se le habían anticipado y apenas quedaban restos y fragmentos de piezas que consideró semejantes a las ya encontradas. Howart (Howart 1897: 57-58) visitó posteriormente esta región con resultados semejantes (Lorenzo: 13).

"A su regreso al cuartel general de Amecameca, exploró, sin éxito, un teocalli que existía en el centro de la población. Estando en ese lugar, vio piezas arqueológicas que según sus poseedores provenían del Iztaccíhuatl. Esto excitó su interés y organizó un grupo que lo llevará al lugar de donde habían sido sacadas. Así fue como llegó al cementerio de Nahualac en el cerrado valle del mismo nombre (Lorenzo: 13-14).

"Sobre la superficie se percató de la presencia de abundantes lajas y restos de basamentos de piedra tallada. Comenzó las excavaciones y reunió un abundante material, cerca de 800 piezas en cuatro días y con cuatro peones, diciendo que eran semejantes a las de Tenenepanco, pero más burdas. No se encontró esqueleto en este lugar por lo que piensa que el lugar es tolteca (Ibid: 14).

"Relocalizamos el cementerio de Tenenepanco, y de aquí surgió la idea de encontrar el famoso Nahualac del Iztaccíhuatl (Ibid).

"Francamente, el asuntó nos llevó algunos años, pero éstos no fueron infructuosos, ya que nos permitieron localizar unas cuevas en el Valle de Milpulco con pinturas prehispánicas y algunas cerámica, además de hallar la cueva de Alcalican (Ibid:14-15).

"A fines de 1956.. volvimos otra vez al Izta con el firme propósito de encontrar de una vez por todas el lugar de Nahualac (con el estanque y el templete central (Ibid: 15).

"Resumiendo. Hasta ahora hemos localizado los siguientes lugares. En el Popocatépetl; el adoratorio de Nexpayantla, enclavado a una altura de 4,200 m. bastante destruido y mostrando algunos socavones producto de la actividad humana. No se ha podido discernir su entrada que como veremos más adelante todos los demás tienen y bien clara, por ello no hemos obtenido una orientación concreta pudiendo tan sólo decir que uno de los ejes en N 32E y el otro, por lo tanto, N 58O. Formando parte de uno de sus costados hay una gran piedra, bruñida por la erosión eólica que aquí es muy fuerte, y en una superficie muestra una serie de pequeños agujeros, no producidos por agentes naturales. En ambas laderas del collado donde se encuentra este adoratorio, hemos encontrado bastantes fragmentos de cerámica, piedras verdes y pizarra.

"Está luego el cementerio de Tepenepanco, en la cota de los 4,000 y sobre una pequeña plataforma, aparentemente natural. En la superficie quedan algunos tepalcates, muy erosionados. También hay lajas que pueden haber pertenecido a las tumbas que abrió Charnay. Además, a lo largo de las crestas que bordean a la barranca de Nexpayantla por su lado N, y a una altura aproximada de 3,900 m. hay tepalcates dispersos (Ibid: 16).

Pasando al Iztaccíhuatl y por orden cronológico, primero están las pinturas en las cuevas o abrigos de la ladera N del Valle de Milpulco a 3,800 m. En estas pinturas pudimos discernir con claridad un chimnalli y un recipiente, éste último tal como se presenta en los códices. Además un posible venado -dudoso en cuanto a su filiación prehispánica- y algunos fragmentos de cerámica roja pulida (Lorenzo: 16 y 20).

"Luego, la cueva de Alcalican, que da albergue a un pequeño santuario en el que hay una cruz, adornada con los colores de la Purísima Concepción, azul y blanco, que coinciden con los de la diosa Iztaccíhuatl, además allí encontramos unos pequeños incensarios de cerámica pintada de blanco y azul con la imagen de un ser femenino. En este lugar, el 3 de mayo, y según los informes obtenidos de gentes de la región, se celebraba una gran ceremonia nocturna, mágico-religiosa , a la que acuden gentes de lugares muy lejanos, según dicen a "agarrar nahual".

Sigue la zona de Nahualac, cota 3,800, situada en un pequeño altozano, posible morrena de alguna vieja glaciación, mira directamente al pecho del Iztaccíhuatl. Los saqueos recientes allí efectuados nos han mostrado una zona de ofrendas en la que casi todos los objetos fueron "matados" antes de depositarlos. No hay huesos de ningún tipo y parece que las ofrendas están contenidas en una especie de cista hecha de lajas. Unos 150 m. al NE se encuentra el famoso estanque. Por las fluctuaciones que hemos podido observar en él es muy posible que sea artificial. Tiene enmedio un adoratorio orientado S 85 en el que puede insinuarse un vestíbulo y un sancta sanctorum". Alrededor hay unos pequeños basamentos bastante regularmente agrupados respecto a la construcción central (Ibid: 20).

"Encontramos después, el adoratorio que hemos llamado del Caracol por el sendero que; subiendo el paraje de Chlachoapan, recibe este nombre al pasar por esta parte, quizá debido a lo retorcido de su trazo. Está en la cota 4,400 orientado N 86E, es una esplanada cubierta de bloques erráticos desprendidos de la morrena S de uno de los últimos avances del glaciar de Ayelotepito. En este sitio, la poca cerámica de superficie encontrada, está en bastantes malas condiciones, tanto que el estudio es casi imposible. no en vano son 4,400 metros sobre el nivel del mar, lo que hace que gran parte del año se encuentre bajo la nieve (Lorenzo: 20 y 25).

"Luego está el adoratorio del Solitario, así llamado por el pico, al pie del cual se encuentra, con orientación S 10E. Aquí se hallaron multitud de navajillas de obsidiana, retocadas en punta de flecha pequeña, como preparadas para estratificaciones o para ceremonias de autosacrificio. La cerámica también está en malas condiciones y hay algunos fragmentos de piedra y verde y puntas de proyectil. En el interior hay una cala de saqueo bastante grande.

"Finalmente, en el lugar llamado Llano Chico el Alto, a orillas de un pequeño lago desecado en la actualidad, encontramos alguna cerámica de superficie.

Nos quedan inéditas las laderas orientales de ambos volcanes y la sur del Popo, habiendo recibido informes bastante alentadores de ambas (Ibid: 25).

"Pensamos que los lugares encontrados en el Popocatépetl y en el Iztaccíhuatl fueron sitios dedicados al culto y propiciación de Tláloc en su aspecto más extenso (Ibid: 31).

"Juzgándolos por su arquitectura, es la pobreza de ésta lo que antes salta a la vista. Construidos con materiales locales, carecen de mezcla o mortero que amarre las piedras, de aplanados que recubran los muros o de pisos. Desde luego y tomando en cuenta su posición altimétrica, que se traduce en gran rigor climático, la presencia de restos de estos materiales no es fácil de diagnosticar pero a pesar de ello y por lo que hemos observado, no creemos que se encuentren, consistiendo en simples muros de piedra seca.

Nexpayantla, El Caracol y El Solitario son sencillos corrales de piedra que a no ser por los vestigios prehispánicos encontrados en asociación, podrían confundirse con recintos para el ganado. Nahualac es distinto. Aunque también de piedra seca, es más elaborado que los otros. Dentro de su compilación está el estanque, los basamentos que rodean a éste y el templete central donde nos ha parecido ver el clásico sistema de los templos mesoamericanos: un vestíbulo y el santuario propiamente dicho. En conjunto, no mantienen un módulo fijo de orientación, salvo una cierta alineación en la cual sus ejes se acercan a la posición de los cuatro puntos cardinales, N-S, E-O; pero que, tomando como eje mayor el que pasa por la pequeña entrada de que todos disponen, vemos que unas veces es N-S y otras E-O, no manteniéndose constante. Las alturas de los muros que los forman tampoco son constantes, esto debido posiblemente a factores de meteorismo. En unos caos apenas son diferenciables por estar formados de algunas piedras, en hilada simple; en otros como El Solitario, los muros conservan una altura superior al metro. Respecto a los materiales arqueológicos que hemos encontrado asociados a las construcciones, los estudiaremos en dos grandes grupos: el de cerámica y el de los litos, incorporando al estudio lo que es producto de nuestros recorridos y las piezas de la Colección de Charnay, obtenidas en Tenenepanco y Nahualac, que se encuentran, en el Museo de México, sintiendo no poder incluir las que están en el Musée de l´Homme de París (Lorenzo: 32).

"Los de los puntos más elevados, todos de superficie, están muy maltratados por los agentes atmosféricos. En algunos casos la meteorización les ha quitado todo ornamento a los de cerámica y en otros les ha añadido una pátina oscura que enmascara sus condiciones originales. Ciertos fragmentos de cerámica presentan fracturas termales cupuliformes, debidas a los cambios de temperatura frecuentes y extremos, que sólo se dan en condiciones glaciales o periglaciales.

Lo mejor es lo que pudo obtenerse de los pozos de saqueo de Nahualac, por estar recientemente extraido de la tierra y todavía no sujeto a la erosión atmosférica, aunque algunos mostraban huellas de haber sufrido por los procesos de congelación y descongelación que en esas zonas tiene lugar estacionalmente en el subsuelo.

Las piezas de colección de Charnay, mucho mejor conservadas, tienen un defecto: en algún momento de las historia de las bodegas del Museo, las piezas fueron marcadas con el doble apelativo "Nahualac-Tenenepanco", al que con frecuencia se une el de "Cerámica de los Volcanes". En el primer caso anúlase la posibilidad de atribuir piezas a uno u otro sitio, y en el segundo caso, la inscripcción es cierta, pero no suficiente. Lo de "Cerámica de los Volcanes" es el nombre que, a partir de la obra de Noguera (1932) le fue adjudicado (Ibid: 33).

"La cerámica que se ha denominado de "Los Volcanes" fue dada a conocer por Charnay. Consiste en vasos antropomorfos de grueso barro negro con representaciones del dios Tláloc. Esta forma de vasos es la más característica y predominante, pero junto con ésta aparecen algunos ejemplares de cajetes que tienen una espléndida decoración, denominada cloisonné, hechas por una serie de capas superpuestas de pintura. Esta decoración es semejante a la de Teotihuacán y aún presta cierta analogía con tipos que ocurren en Chalchihuites, que ya hemos descrito" (Ibid: 33-34).

"Desde luego, que en los materiales que salieron de los Volcanes hay muchas más cosas de las que Noriega menciona: cerámica Mazapa, Chalco, Cholulteca y otras. Además, la decoración denominada "cloisonné" no se ha encontrado en Teotihuacán y sí en muchos otros lugares cercanos a Chalchihuites.

Tomando la cerámica globalmente, vemos que es de clara filiación tolteca, con la presencia natural de variantes y formas locales. Del conjunto que presentamos, son notables algunas piezas que sin ser Teotihuacánas, tienen más relación con esta cultura que con ninguna otra, si es que excluimos Chupícuaro.

Pero hay dos tipos, el representado por el cloisonné de Tenenepanco y los perritos con ruedas, que respectivamente denotan relaciones con Chalchihuites y con la Costa del Golfo. Cuando Ekholm (1942) exploró en Guasave, Sinaloa, encontró restos de calabazas pintadas por el sistema de laca que él identifica como pseudo-cloisonné (Lorenzo: 34).

"El cloisonné más típico lo agrupa en una zona de Zacatecas-Jalisco: Chalchihuites, La Quemada, Truel, Tlaltenango y Momax en el primer Estado y Estanzuela, Toate y Mezquitic en el segundo, informándonos además de su presencia en Azcapozalco, en donde Spinden los situó en la época Tolteca (Ekholm prefiere colocarlo en la Chichimeca) y también nos habla de otra pieza que está en las colecciones del American Museum of Natural History de Nueva York. Mención especial merecen los fragmentos de cloisonné y calabazas dragados del Cenote Sagrado de Chichén Itzá. Desde luego, también incorpora a su trabajo las piezas de los Volcanes (Ibid: 35-36).

"Es interesante ver que en Snaketown, Arizona, se encontró cloisonné sobre materiales de la fase Santa Cruz, fechada entre 700-900, y que no se cree sobrepase el año 1,100. En Grewe, Casa Grande, Arizona, se encontró cloisonné "de inequívoca filiación con el Arte Mexicano". Pueblo Bonito, en Nuevo México, también dio cloisonné. Se hace necesario informar que todos los ejemplos de cloisonné del SO norteamericano fueron hechos sobre piedra, pero que la técnica es la misma (Ibid: 36).

"Junto con los ejemplos que Ekholm menciona, nosotros podemos ampliar la lista con los encontrados en Jiquilpan (Niguera, 1944), los que menciona Kelly (1956) en Zape y los que han surgido de las exploraciones de Tula (comunicaciones de Acosta y Zalazar, además de los que el autor encontró durante la VI temporada de exploraciones en Tula, en el año de 1946, al hacer pozos estratigráficos en la parte O de la zona) (Ibid:36-37).

"La posición cronológica que Ekholm adjudica al cloisonné en el altiplano de México es posterior al año 1,100.

Resumiendo lo que la publicación tantas veces citada nos dice, tenemos: Un lugar de origen en la región Jalisco-Zacatecas, demostrado por la presencia mayoritaria.

Un área de distribución coincidente con la de los movimientos demográficos de los frutos toltecas, como indica su presencia en Tula, Atzcapozalco, Culhuacán, Volcanes y Chichén Itzá. Quedando como casos especiales las encontradas en Arizona y Nuevo México, así como las de Zape y Jiquilpan (Ibid: 37).

"La presencia de los mismos materiales en los sitios arqueológicos de los volcanes, no deja lugar a dudas cuando contemplamos las láminas. Con ello tenemos como se ve el mapa, una región bastante bien delimitada en la que parecen participar dos grupos de elementos, los que por conveniencia del trabajo y sin mayor implicación histórica hemos nombrado Toltecas I (Zacatecas-Jalisco) y los Toltecas II (el Bajio). Otra forma específica de cerámica, la de los perritos con ruedas, también merece la pena ser estudiada junto con el cloisonné, por ser ambas poco frecuentes y significativas (Ibid: 46).

"Las navajillas retocadas en forma de pequeñas puntas de flecha son semejantes, pero no iguales, a las encontradas en Teotihuacán, sobre todo en la llamada ofrenda de Quetzalcóatl (Borbolla, 1947). Además estos fragmentos de puntas de proyectil, de obsidiana, que quedan dentro de tipo tolteca (Ramón, 1950). Los fragmentos de discos de pizarra con borde biselado, tienen sus semejanzas en Teotihuacán donde aparecen como anversos de espejos de pirita (Borbolla, op. cit.), y los demás objetos recogidos, están tan fragmentados que cualquier opinión carecería de bases. Entonces y de acuerdo con el material lítico, lo encontrado nos sitúa en un momento que va de mediados de Teotihuacán hasta la época de Tula, pareciendo coincidir en su parte más reciente con lo que la cerámica nos indica. Hay algo que no hemos podido ver ni sabemos dónde se encuentra y que es de bastante importancia: nos referimos a los cascabeles de cobre que Charnay dice haber encontrado en Tenenepanco (Lorenzo: 48).

"En conjunto, y a pesar de que los materiales de que disponemos no fueron obtenidos dentro de la ortodoxia del método de excavación arqueológica, pude decirse que estos lugares tuvieron su apogeo durante la época Tolteca y que las cerámicas encontradas y los demás materiales dentro del Complejo Tolteca.

La posición altimétrica de los sitios arqueológicos localizados nos parece de bastante importancia. Tratándose de adoratorios al dios Tláloc, que tiene la montaña como residencia, no es muy particular que los lugares de su propiación se encuentran en ellas. Pero cuando encontramos esos lugares en cotas que van de los 3,800 a los 4,400 metros sobre el nivel del mar estamos ante un caso distinto; sobre todo si se trata de montañas como estos grandes volcanes, sometidas a procesos glaciales aún existentes (Ibid: 49).

"El haber encontrado restos arqueológicos de filiación tolteca a alturas como las señaladas, que en la actualidad pasan algunos meses del año bajo la nieve, puede significar que cuando estaban en uso, las condiciones climáticas eran distintas a las actuales y que esta distinción consistía en que el límite de las nieves y por lo tanto hielos, se encontraba por encima del de nuestros días. Si esto fue así, es porque se estaba atravesando por un período de sequía, mayor que el que estamos resintiendo desde hace algunas décadas (Ibid: 49-50).

"De acuerdo con el estado actual del conocimiento arqueológico, pensamos que los toltecas (empleamos esta palabra en sentido general), participaron, marginalmente, de la cultura Teotihuacána y que, ante los efectos de una prolongada sequía, fueron desplazándose con rumbo a su matriz cultural, la Cuenca de México y lugares de inmediata vecindad (Ibid: 50).

"En páginas anteriores situamos a los toltecas (icluímos a los I y II) en dos áreas, una en la región Zacatecas-Jalisco y otra en el Bajío. En ambas, en nuestros días, predominan los climas Cw y se encuentran también zonas de BS (Vivó y Gómez, 1946; citado por Lorenzo: 50-51).

Propuestas

Se considera que el parque nacional debe continuar en esta categoría, integrando esquemas de aprovechamiento turístico sostenido.

La UAM Xochimilco (1992) considera los nuevos límites propuestos en 30,770 hectáreas. Incluyendo el área de influencia a partir de la cota de los 2,500 msnm es de 118 792.2 hectáreas.

Comentarios

Conforme crece la población de estos lugares, la demanda de espacio para asentamientos humanos también crece y cada vez, las poblaciones se extienden hacia el parque nacional. El área boscosa que circunda al parque experimenta una reducción constante debido a que los poblados de muchas de estas localidades le ganan terreno para destinarlo a la agricultura.

La tremenda desforestación que está acabando con los que fueron magníficos bosques, apenas hace unos treinta años. Desde los aledaños de Amecameca hasta el límite de la vegetación forestal, es decir, desde los 2,450 metros hasta los 4,000 metros de altura sobre el mar, el viajero recorría las laderas del Iztaccíhuatl, como las del Popo, por entre una continua y apretada selva de cedros, de oyameles, de ocotes y de encinos, respirando su perfume delicioso bajo las frondas de árboles fornidos y tupidos (Ezequiel Ordóñez, 1941 -junio-; citado por Sosa, 1951: 252). Y hoy, ¿qué queda de aquella selva ininterrumpida cubriendo los flancos de nuestros gigantes nevados? No quedan de aquellos soberbios bosques, más que pequeños manchones ridículos aquí y allá dispersos que han dejado las manos criminales que sin piedad destruyen. El llamado Parque Nacional del Iztaccíhuatl, que comprende toda la montaña arriba de los tres mil metros de altura, bien pronto quedará convertido en un páramo sediento (Ibid: 252-253).

Los montes de la Iztaccíhuatl, como los del Popocatépetl, como los del Ajusco, como los del Xinatécatl, etc., vienen marchando, desde hace mucho tiempo, hacia una regresión biológica que no sabemos en donde irá a detenerse (Ibid: 255).

La carretera que se está construyendo hacia Tlamacas, llega actualmente hasta un lugar denominado Azompango (Jaime Ibarra, 1937 -octubre-; citado por Sosa, 1951: 285).

En mayo de 1943, los señores ingenieros don Fernando Vizacaino y don Pablo Bistraí, publicaron un documentado estudio sobre el aprovechamiento de las aguas provenientes del deshielo de los volcanes Iztaccíhuatl y Popocatépetl, para le generación de energía eléctrica (Sosa: 306).

Proyecto de un combinado turístico en la Iztaccíhuatl con el ferrocarril teleférico más alto del mundo, por su autor licenciado don José Merino Blázquez, en conferencia de 15 de octubre de 1946. (Ibid: 374).

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