Red Mexicana de Ecoturismo


Tonatzin

La Rumorosa
por Otto Von Bertrab y Ana Gabriela Robles

Llegamos a Lagunillas, ejido que queda 15 km. al sureste de laguna de Sánchez y a unos 10 al norte de Rayones, era un viernes por la noche. Yo iba de colada, me enteré en el último momento y me uní al grupo que descendería, por vez primera, un cañón sin nombre. Escuetamente se veía el cañón en los mapas del INEGI. Un fin de semana anterior, el grupo había ya realizado una expedición de reconocimiento analizando la viabilidad de la travesía.

Este fin de semana íbamos dispuestos a ver lo que se nos presentara en el camino. Conociendo la orografía del lugar, esperábamos un descenso precipitado. A priori calculábamos un cambio de nivel total de unos mil metros verticales.

Cuando llegamos al ejido Lagunillas, Federico nos recibió y nos asignó la cabaña donde pasaríamos la noche. Así fue como nos entramos de el mito que existía alrededor del cañón. " Nunca nadie lo ha cruzado, llega un momento en que nomás no se puede seguir porque hay un brinco como de 100 metros. Lagunillas es el ejido que queda en la parte superior del cañón. Armando, que también andaba con nosotros, vive en Potrero Redondo, sitio vecino a donde desemboca el cañón y terminaría la travesía, afirmaba también la imposibilidad de realizarlo ya que había unas paredes verticales que les eran imposibles de escalar.

Lo que hace la tecnología y el espíritu aventurero. El sábado como a las 10 de la mañana, en un día soleado, comenzamos el descenso. Eramos en total 13 equipados con 2 cuerdas de escalada, un arnés y el equipo básico cada uno ; además de varios aditamentos para armar los sistemas de rappel en caso de que se requirieran.

El ejido de Lagunillas se dibuja pintoresco en un valle alto a 2 300 metros sobre el nivel del mar (msnm), rodeado de algunos picos, aun más altos. Desde ahí vimos la impresionante entrada del cañón por el que habríamos de bajar ; enmarcada por las altas paredes llenas de vegetación abriendo la interrogante de lo que adelante nos esperaba.

En ocasiones la belleza es inalcanzable o inaccesible, en este caso lo más importante era la intención y el espíritu de aventura del grupo. Sabíamos todos que después de cierto punto ya no habría regreso. Nos gustaba la idea de caminar por donde nadie lo había hecho, de estar en medio de la belleza para embriagarnos de ella.

Federico nos encaminó por la ladera. La vereda se marcó primero por la costilla de la montaña entre un paisaje de pinos y hojarasca por el suelo. La vereda estrecha permitía solamente la formación en fila india. Rápidamente descendimos hasta llegar a un sitio donde la vegetación comenzó a cambiar. Entonces Federico nos dijo que hasta ahí llegaba y nos dejo solos para adentrarnos en los misterios del cañón de los rumores del brinco de los cien metros.

Seguimos descendiendo, ahora entre un follaje cada vez más verde y exuberante que anunciaba la próxima aparición de agua, tal vez un río, o cuando menos de alguna corriente subterránea que alimentaba abundantemente a esta zona, que de cuando en cuando era adornada con lindas flores de verano.

De repente "Splash", el primer zapato adentro el agua, de ahí en adelante podíamos esperar cualquier cosa. En un inicio pudimos librarnos de la fría mojada, ya que en estos lugares donde el agua mana de la montaña tiende a ser de lo más frío. Algo como acercarse a un precipicio para ver más abajo y sentir que la tierra que pisas se empieza a ir, dejando el hueco perfecto entre las piedras para poner la cuerda bajar con el equipo.

Después de aproximadamente 1 hora de camino, tuvimos que pararnos en seco. A paso normal era imposible seguir andando. Finalmente habíamos encontrado el primer descenso vertical. Desde lo alto, por la prominencia de la piedra, era imposible ver la distancia que nos separaba del suelo. Era el momento de ponernos el equipo de descenso

En unos minutos organizamos el sistema, estábamos ansiosos, tal vez este era el famoso brinco de los 100 metros, a la hora de tirar la cuerda nos dimos cuenta que no lo era, este sólo media unos 15. El gran brinco del rumor tal vez nos lo toparíamos más delante.

Así fue cuando realmente nos sentimos en un lugar donde ningún ser humano, por lo que cuentan las leyendas de los lugareños, había pisado. En ese punto el cañón por donde veníamos descendiendo se hizo angosto. De lado a lado mediría unos 25 metros. Las grandes paredes nos marcaban el ritmo de la historia de la tierra.

El tiempo geológico dejó la huella para su fácil interpretación. Las paredes de estos cañones alguna vez fueron parte del lecho marino durante el período Jurásico y Cretáico. Se irguieron verticales hace aproximadamente 60 millones de años, durante el inicio de la era Terciaria

La vegetación es variable y depende mucho de la altura. La única constante en todo el camino, una vez que aparece el agua, es la hiedra. Planta a la que más vale sacarle la vuelta ya que puede ser una gran afección para el que entra en contacto con ella.

El primer rappel marcó la pauta de lo que habríamos de toparnos más delante en el camino. Un estrecho cañon con algunas posas aisladas y muchos descensos verticales.

Apenas recogimos la cuerda después del primer descenso, caminamos unos pasos, cuando nos encontramos con otra pared dónde necesitamos nuevamente el equipo. Algunas de las bajadas las pudimos evitar echando clavados en las posas que parecían tener suficiente profundidad.

La temperatura fue subiendo rápidamente conforme descendimos, las piernas ya no nos temblaban como en las primeras zambullidas. El caudal del río cada vez se hizo más ancho, alimentándose de un sinfín de manantiales que brotaban a nuestro paso.

Tardamos horas en el proceso de bajar por unas ocho paredes de distintas alturas, variando entre los diez y los veiticinco metros de altura relativa al suelo. El ambiente se había aligerado y los temores que siempre surgen antes de una expedición arriesgada se nos habían olvidado. Donde se podía, un miembro del grupo se adelantaba y ponía la siguiente cuerda para ahorrar tiempo ya que sentíamos que nos habíamos demorado demasiado al ser tantos en el grupo. Era como un especie de relevo donde la labor de equipo demostró funcionar.

Estando cerca de lo que creíamos ser la mitad de nuestro recorrido, hubo un largo trayecto en el cual no tuvimos que usar la cuerda. Eso fue un verdadero respiro ya que nos permitió avanzar con mucha rapidez, valla que lo necesitábamos ; el cielo súbitamente se nubló, amenazando con una posible tormenta.

Cuando pensábamos ya estar cerca de algún lugar transitado, nos topamos con la gran pared del cañón de los rumores, que para nuestra sorpresa y conveniencia, no fue de 100m, sino más bien como de unos 50. Las leyendas de los pueblos siempre exageran un poco.

Primero tuvimos que comprobar que con las dos cuerdas que traíamos sería suficiente para llegar hasta el fondo. Luego hicimos un amarre en un árbol cercano, dejando ahí una cuerda que cargábamos justamente para abandonar en caso de emergencia. No lo sabíamos pero estabamos ya cerca del final. A de ese rappel le siguieron aun otros dos así como un refrescante clavado a una poza profunda que algunos del equipo dudaron en hacer, pero que todos lograron. Ya el cansancio comenzaba a sentirse y algunos de los que habíamos sido rozados por la hierdra no dejábamos de rascarnos, no obstante las incomodidades todos traíamos una sonrisa continua, mientras avanzábamos disfrutando de los espectaculares paisajes y la abundante vegetación.

Recorrimos cansados la última parte de la travesía, dejándonos llevar por el agua o saltando de piedra en piedra donde era posible. La inseguridad que en el principio del recorrido teníamos se había olvidado por completo y el camino se nos llevaba mostrándonos donde pisar y cómo saltar. Era un verdadero deleite el sentir como la naturaleza te dirige, pero eso sí, siempre guardándole gran respeto.

La amenaza de la tormenta se alejó y el sol volvió a salir ya inclinándose hacia el horizonte. Entonces, como por casualidad, mi vista topó con los residuos de una fogata. ¡Rastro humano al fin ! parecía que habíamos logrado nuestro propósito.

Comenzaba a oscurecer cuando encontramos la vereda por la cual tendríamos que subir. Caminamos por ella por aproximadamente cinco kilómetros, entre las luciérnagas, para llegar a Potrero Redondo, donde Armando nos esperaba con la camioneta que había traído desde el Lagunillas. "Lo lograron" nos dijo en tono sorprendido mientras uno por uno fuimos llegando con cuerpos doloridos y ánimos exaltados. ¡ Habíamos logrado, sin accidentes, lo que parecía imposible ! Cuando todos estuvimos reunidos junto a fuego en e campamento nos tomamos una copita de mezcal de la región, como brindis por haber inaugurado una nueva ruta.

Al concluir nuestro recorrido contemplamos la posibilidad de, en otra ocasión, extenderlo más y seguir el descenso por el río. Uno nunca se queda satisfecho de las aventuras en la naturaleza, así que regresamos en la caja de la camioneta pensando y platicando de la siguiente expedición.

 

Ana Gabriela Robles vive en Monterrey y escribe sobre Chipinque, Las caprichosas paredes del poniente, Laguna de Sanchez y Sierra de Organos. Podria mandarle un correo electronico a mito@infosel.net.mx.

 

 

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