
Llevábamos ya 4 hrs de camino y apenas estábamos entrando a la aventura, era tarde y el sol nos había dejado un cielo estrellado, difícil de admirar todo a la vez. El día en la ciudad había sido agitado como siempre, y lo que queríamos era descansar ya, hicimos un campamento apresurado en un paraje que no pudimos apreciar muy bien, y a platicar con Morfeo.
Veníamos de Durango, entrando por Ceballos a una zona con cierta fama del Bolsón de Mapimi, que se encuentra donde convergen los estados de Chihuahua, Durango y Coahuila.
Aquí esta la Reserva de la Biosfera del Bolsón de Mapimi, que por cierto fue la primera del país, y muy a pesar de los biólogos y científicos que la administran, aquí también esta la famosa Zona del Silencio, misma que atrae a muchos visitantes tanto nacionales como extranjeros.
La Zona del Silencio, nombre con que la Bautizo el Ing. Harry de la Peña, es un espacio del desierto no delimitado donde según algunos (no se quien) suceden fenómenos fuera de lo normal. Que las ondas Hertzianas no pasan, que el carro del general Banda, que los marcianos llegaron ya, (al son del bongo) y algunas otras rarezas que se mencionan mas que nada, por la falta de conocimientos sobre el campo de que gozan la mayoría de las personas que visitan el lugar (no todo mundo tiene que saber de todo).
Nosotros Rafael Hernandez, Sergio Caraza, y Walter Bishop su servidor, amanecimos sin novedad como a 15km al noroeste de Ceballos ya en la Zona del Silencio, rodeados de espinas de nopales (opuntia rastrera weber y violacea ), espinas de cardenches (cylindropuntia imbricatia), espinas de huizaches (acacia spp.) etc. etc. En el desierto todo tiene algún tipo de espinas y estas están contigo todo el camino.
Día 1
Un desayuno de avena y leche en polvo, con miel de abeja, una revisada al equipo, aire en las llantas, aceite en la cadena, mochilas bien ajustadas, toda el agua y comida que pudimos cargar, y estábamos listos para iniciar la aventura en el Desierto del Bolsón de Mapimi.
Todos los inicios son bonitos, uno va con todas las fuerzas, medio eufórico ve el horizonte u quisiera salir pedaleando como si fuera carrera, ya al rato se empieza uno a dar cuenta de las situaciones, y esta ocasión no fue la excepción. Un airesito en crecendo directamente del norte nos comenzó a soplar en contra, y eso no era todo, pues la temperatura bajaba al ritmo de que la velocidad del viento aumentaba.
Después de una hora de camino seco y arenoso, Flanqueados por plantas de Gobernadora (larrea divaricata), tuvimos que buscar en las mochilas toda la ropa extra que llevábamos para usarla, pues estaba haciendo un Norte (aire friisimo del norte) uno de esos por lo que los desiertos son famosos que sentíamos su frío, aun con el esfuerzo del pedaleo en la bicicleta.
A un rato y 30 Km de encuentro con las fuerzas de la Naturaleza, llegamos a el Rancho de San Ignacio donde vive Don Lolo (buen amigo) administrador del mismo que para desgracia nuestra no estaba, pues la puerta y ventanas de las casas se encontraban bien cerradas, y solamente un perro muy sin ganas nos dio la bienvenida. Lastima ya nos habíamos imaginado un café bien calientito, nada.
Como a tres kilómetros del Rancho pasamos por la desviación que lleva al laboratorio de la Reserva, y que para mas seña esta un poco a la izquierda de el cerro de San Ignacio, que es lo mas relevante del terreno por ahí. Seguimos el camino pasando por el tapado, un aguaje que no siempre tiene agua y finalmente 15 Km después llegamos al cementerio de las Lilas que esta precisamente antes de llegar a este rancho y ahí en el panteón resguardados por su cerca de piedra del terrible viento helado, entre tumbas de gente de hace mucho, nos dispusimos muy a lo mexicano a echarnos una sistecita para recobrar las fuerzas perdidas.
Dos horas después, una comida y todavía con frío, a seguirle compadre. En el Rancho Las Lilas, un que tal como ha estado Don, ahí vamos para adentro salimos pasado mañana, y siguele compadre, por el que ahora llaman el valle del silencio y siguele compadre, y ya con todo mundo a punto de estallar por el esfuerzo, como una ilusión de quinceañera se nos presenta el aguaje del Cipriano, rodeado de sus viejos huizaches para cubrirnos del viento y con sus ramas secas prender una lumbre para calentarnos los huesos.
Lo sencillo que es la felicidad : un fuego moviéndonos botones del pasado y una sopa caliente de esas deshidratadas que aquí en el desierto tienen un sabor como de restaurante de quinta avenida alla por Nueva York, admirable.
Ya mas agusto tomamos un reporte de los daños, después de 75 Km aprox. y varias horas de sentirnos Lawrence de Arabia, las bicis están enteras, las llantas después de arreglar tres ponchduras por las espinas están infladas nuevamente y nosotros algo vapuleados por el afán y las inclemencias del tiempo, estábamos bien.
El espectáculo de las noches en la Zona del Silencio, es impresionante. La cantidad de estrellas que se ven es inimaginable, al Sureste esta mi constelación favorita Las Pleyades misma que ha sido divinizada por los Griegos, Hindúes, Incas, e indios de Norteamérica, la Osa Menor con la estrella Polaris en la cola señalando el Norte, abajo la Osa Mayor, al Noroeste Vega una de las estrellas mas brillantes de la noche y cerca de ella la Nebulosa Anillada. A todo esto le puedes sumar los planetas Venus, Júpiter y Saturno, uno que otro satélite (puntitos de luz que surcan el horizonte a una velocidad voraz), los aviones jet con sus luces intermitentes y si tienes suerte un meteorito (estrella fugaz) de esos que hasta les puedes ver el humo cuando le pegan a la atmósfera de la tierra.
Ahí se esta uno sentadito, viendo hacia arriba por horas, sintiendo vibrar el universo, confirmando la creación.
Día 2
En la mañana, muy temprano le dimos gracias a Dios por las bolsas de dormir de plumas de ganso, pues gracias a ella pudimos dormir como angelitos a pesar de un frío que había congelado el agua de las ánforas en las bicicletas.
El desayuno fue el mismo del primer día, ya que en un viaje en bicicleta sin apoyo de vehículo de motor, trata uno de ir lo mas ligero posible y el menú resulta bastante limitado. Eso claro no quiere decir que no disfrute uno su avenita.
El objetivo de este día seria visitar los Cerros de Cipriano, que son una Protuberancia si así les podemos llamar, de como unos 250mts sobre el plano del desierto con una cantidad de piedras exagerada y una flora muy interesante.
Los cerros están casi al Este del aguaje y nosotros subiríamos por el extremo Sur, que esta como a 7 Km del mismo. Hay una vereda de vaca entre un bosque de Ocotillos (Fouquieria Splendens), que mas o menos tiene esa dirección y es la que nosotros nos dispusimos a seguir.
Como siempre, todo iba bien hasta que tuvimos la primera ponchada, la cual rápidamente cambiamos con una cámara de repuesto que siempre debe uno cargar ademas de una cantidad regular de parches. Seguimos adelante y en el ultimo como arroyo que esta antes de la subida, escondimos las bicicletas pues ya nos ha sucedido que en donde menos piensas que te las pueden robar, te la roban, así pues hay que ser precavidos en ese aspecto y como dicen por ahí, "clavar bien las cosas".
La subida al cerro se extiende por una ceja del mismo y se logra como en una hora. Para ese tiempo ya el sol estaba en su apogeo y el clima a todo dar ya que con lo del frío de en la noche el calor nos cayo muy suave. Llevábamos agua y unas gordas, de las que se comen claro, para el medio día.
Estos cerros están poblados por varias colonias de flora, que se disputan el poco terreno fértil que hay de una manera bastante agresiva. Para empezar, están unas que parecen lechugillas chiquitas (hechtia glomerata) con unas espinas que te dejan las botas como para llorar, las mismas aparentemente van ganando la batalla pues están por todas partes. También y en un numero apenas menor, están unas colonias de un cacto verde olivo delgado de unos 40 cm. los mas altos, que les dicen Viejos (opuntia bradtiana) con mas de cien ejemplares a la vez, espinosisimos, y quizás medio simpáticos.
En las cejas del cerro las piedras de tipo sedimentarias calizas formas unas como lajas con cuarteadas que están rellenas de tierra buena y ahí se dan otros cactos como el Arco Iris (echinoserus pectinatus) y otros que tienen un fruto como chilitos rojos y que son bien ricos (mammilaria Pottsii) entre estos se da el zacate navajilla que tanto les gusta a las vacas y entre los macollos del zacate se encuentra el falso peyote cara de piedra fósil (ariocarpus fissauratus) que le llaman la roca viviente.
Los arbustos están representados por unos encinos chaparritos, u unos pocos huizaches que casi no sirven ni de sombra, pero la lucha le hacen.
La fauna como en todo el campo mexicano, es difícil de ver de día, unas cuantas lagartijas (ema exsul) una tarántula (quien sabe cual), un alacran de los güeros que aunque no sabemos lo peligroso que pueda ser, habrá que guardarle respeto, y unas liebres (lepus californicus ?) de gran tamaño.
Claro que hay muchos otros animales, y por nombrar algunos están los venados Bura (odocoileus heminois) de los cuales vimos algún rastro, y los coyotes (canis latrans), mismos que puede unos oír antes del amanecer. Los personajes mas interesantes del desierto son sin duda la tortuga terrestre (gopherus flavomarginatus) mas grande de Norteamérica y la rata canguro (dipodomys merriami) cuyas madrigueras puede uno admirar por todo el terreno.
También vimos pajarillos, de los que hay un sin numero en el Bolsón de Mapimi, pero nos limitaremos a mencionar los que nos llamaron mas la atención, un capulinero negro (phainoplepa nitens) que sobresalía bastante en el paisaje, una aguililla cola roja (buteo jamaicencis) ya bastante entrada en edad y un correcaminos (geococcyx californianus) de carrera como siempre.
El horizonte al Oeste desde arriba de los Ciprianos tiene su encanto pues se divisa a lo lejos el Cerro de San Ignacio y un poco mas cerca el Rancho de Las Lilas, que con binoculares se pueden ver hasta la gente.
Aunque nos hubiera gustado disfrutar del atardecer con esa vista, había que regresar al campamento base antes de que anocheciera pues el camino esta lleno de espinas y estas no perdonan ni a su madre, así que iniciamos el descenso.
Se fue el sol con una magnifica despedida multicolor y nos dejo la noche y con la noche vino la luna que casi nos andaba asustando de la magnitud con que se parece ver en el desierto. O sea que se ve una lunota pero en serio que ilumina de tal manera el desierto que como ya andabamos bajos de agua para tomar, decidimos ir en bicicleta al rancho de Tres Marias a unos 15 Km del Tanque Cipriano para reaprovisionarnos con el agua de su manantial.
Andar en bicicleta en la noche por un desierto de tonos grises iluminado por una luna tamaño extra grande, no tienen punto de comparación y casi es preciso hacerlo para sentirlo pues con palabras es difícil describirlo acertadamente.
Lo que si podemos decir, es que la travesía fue en verdad mágica y en lo que pareció un instante, casi como volando, fuimos y regresamos al campamento. La lumbre, las quesadillas, un café, un coro de ranas del estanque y grillos de todos lados nos dijeron buenas noches y a soñar en otras cosas.
Día 3
Después de una noche con la temperatura ya mas tranquila, nos levantamos como nuevos, desayunamos ahora si que lo de costumbre y el camino nos comenzó a llamar de regreso. Empacamos, como ritual revisamos nuevamente las bicicletas y medio tristones salimos rumbo a Ceballos, pronto el medio nos alegro, y al rato ya íbamos platicando de cosas de las que habla uno, cuando se siente bien. en Las Lilas nos despedimos del Don, y en San Ignacio platicamos con Don Lolo, que ahora si estaba y nos despedimos efusivamente, pues ya nos conocíamos de antes y es una persona muy agradable.
Sentimos decirle adiós, pues ahora si ya no podíamos eludir el hecho de que regresábamos, casi sin parar le dimos (a la bicicleta) hasta la flor donde habíamos encargado la camioneta y con el corazón bien contentos, aunque con cierta melancolía emprendimos el camino a casa.
Walter Bishop Velarde, Excursiones Pantera, http://www.aventurapantera.com.mx
The Zone of Silence - Andrea Kaus
Zona del Silencio, puerta del universo - Armin Gomez
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